
28 de mayo de 2004.
Cuando llegamos a Miami, ya Néstor
se había ocupado de los trabajos pendientes de ejecución del barco, que
estaba en buenas condiciones de navegabilidad. Sólo surgieron detalles
menores, como que no estaban habilitados los puertos de comunicación del
plotter con el autopilot, de manera que no se podía poner el autopilot en
posición de navegación automática dirigida a un waypoint, ni mucho menos
marcar una ruta. No era un detalle de conexión por cableado, sino que había
que utilizar el software del GPS para programar la conexión. Nos pudimos en
contacto por teléfono con el técnico que había reparado el equipo, que ahora
estaba en Las Vegas y que me dió paso a paso las instrucciones para
habilitar la conexión de las dos unidades de GPS, lo que pude hacer sin
dificultades.
29 de mayo de
2004. Una vez cumplido con el
avituallamiento del barco, por vía de compras en Cosco, salimos para Marina
Hemingway a las 7 y 30 de la mañana. Otras veces había hecho escala en Key
West, para no ir contra de la corriente del Golfo en todo el trayecto, lo
que resta velocidad a la nave y la hace cabecear al encontrarse la proa
contra la corriente, pero teníamos solo 12 días para la travesía en aguas
cubanas y decidimos quemar etapas costeras de navegación en Estados Unidos.
De todos modos seguimos por el Halk Channel que está entre la línea de
arrecifes y la costa de los cayos americanos para eliminar en todo posible
la influencia de la corriente del golfo. A las ocho de la noche. justo
cuando estaba por caer la oscuridad sobre Marinabella, cambiamos de rumbo a
la altura de Marathon entrando en el Mar Caribe con rumbo directo al Fuerte
del Morro en La Habana.
Navegamos
veintinueve horas, hasta llegar a la Marina Hemingway a las 11 y 30 de la
mañana. La navegación fué placentera con olas de no más dos o tres pies que
no hicieron cabecear a la embarcación ni siquiera al encontrarse con el eje
de la Gulf Stream. Durante la noche nos dividimos los turnos de guardia
entre Néstor, Eduardo y yo. Eduardo, una vez que se hubo familiarizado con
el autopilot, tomó el primer turno, luego Nestor y yo tomé el de 3 a 6 de la
mañana. La actividad de Eduardo fué impecable, focalizó los barcos que
aparecían en la pantalla de radar y los ploteó para determinar su dirección,
por lo que tuvo una perfomance sobresaliente.
Al llegar a La
Habana tuvimos las inspecciones de siempre, pero esta vez más profundas,
donde el cuerpo de inspectores abrió hasta la cartera de las mujeres
Habíamos escondido la carne vacuna porque nos habían dicho que por la
enfermedad de la vaca loca no dejaban entrar carne de USA y para nuestra
sorpresa junto con los inspectores entró un perro labrador entrenado para
detectar drogas y nuestro temor fue que el perrito se avalanzara sobre los
costillares, chorizos y hamburguesas escondidas en un hueco detrás del
plotter. Eduardo se puso pálido, se paró frente al plotter y acariciando la
cabeza del perro trataba de desviarle el hocico para otro lado.
Las mujeres, las dos
grandes y la niña durmieron bastante bien durante la noche y
no tuvieron síntomas de mareo. Aguantaron bien las casi treinta horas
de navegación.
Desde el mismo
barco me comuniqué con el dockmaster que nos dió una posición en el canal 1,
porque la original que nos habían asignado en el canal 2 era muy pequeña
para el barco. Desde la radio pedí que lo ubicaran a Nino y al Indio y esa
misma noche Nino nos visitó al barco para planear el recorrido por los
cayos. Esa misma tarde, un domingo, paseamos por la ciudad, que está peor
que durante el último viaje. No estaba abierta la feria artesanal, la plaza
era un desierto y hasta la catedral estaba cerrada. Había lugar en la barra
en la Bodeguita del Medio y no escuchaba el ritmo de salsa que se oye
habitualmente en La Habana. Como ahora no dejan entrar a menores en
Tropicana, y no teníamos con quien dejar a Marina decidimos ir a la
ceremonia del cañonazo en el Fuerte del Morro. Como verán luego el cañonazo
me lo dieron a mí.
Como había mucha
gente en la planta donde se realiza el cañonazo, fuimos a la terraza
superior, donde apoyé la filmadora mientras empleaba ambas manos en
sostener a Marina y filmar. La gente se fue arracimando a medida que se
aproximaba la iniciación de la ceremonia y había ya una fila de tres en
fondo a lo largo del borde de la terraza. Un especial contingente de
venezolanos con sus banderas metía bastante bulla. En un momento sentí que
me tocaban la billetera, ubicada en el bolsillo trasero del pantalón. Me
llevé la mano a ella pero percibí que estaba en su lugar, pensé que era un
simple empellón y me desentendí del problema. Terminada la ceremonia, fuimos
a un restaurante a cenar y al ir a pagar advertí que no temía la billetera.
Quien había fallado la primera vez tuvo éxito la segunda y se alzó con 1300
dólares y mis tarjetas. En el restaurante me dijo otro cliente
que a él también habían intentado robarlo y Eduardo, que se había quedado en
la Plaza Mayor del Fuerte me dijo que los guardias recomendaban quedarse
allí pues no se brindaba seguridad en la terraza.
En la Marina me
recomendaron que hiciera la denuncia, pero ya no aspiraba a recuperar el
dinero y las tarjetas las cancelé de inmediato, de manera que lo consideré
innecesario.
31 de mayo de
2004. Vino el Indio a quien le había
traído una bicicleta de Miami y me hizo en compensación un excelente trabajo
de barnizado en el puente de mando. Mañana lo terminará. Aprovechamos para
visitar a la familia de Nino, tomar un trago en su casa y luego ir a comer a
una paladar que estaba instalado en una amplia casa de los años 40 que era
de los antiguos dueños del restaurante Floridita.
1 de junio de
2004. Esperamos que terminara el Indio y
partimos a las 6 de la tarde del muelle y a las 7 y 30 de la marina, pues
duraron una hora y media los trámites de salida.
2 de junio de
2004. Tras una navegación de 70 millas en
aguas calmas llegamos a las 5 de la mañana al cayo Piedras del Norte,
ubicado al norte de Varadero. Nos turnamos Néstor, Nino, Eduardo y yo para
el pilotaje nocturno. A mi me tocó el turno de 3 a 6 de la mañana y desde
que asumí la guardia reduje la marcha a 4 nudos para no llegar de noche.
Nino vino a verme casi a las 4 y me aclaró que había hecho el viaje de
Varadero a Piedras del Norte durante 4 años cuando llevaba turistas a ese
cayo, por lo que no temiera llegar de noche. Conocía el terreno mejor que la
carta, pues me indicó echar el ancla donde la carta marcaba sólo 1.80, pero
en realidad había más de tres.
Cayo Piedras del
Norte es un pequeño cayo con un arrecife de coral cercano. En dinghy
demoramos solo cinco minutos desde el barco. para hacer buceo. Está lleno de
pequeños pescaditos y saqué algunos con una pequeña caña para ponerlos en un
balde y mostrarlos a Marina cuando se despertara y luego volverlos al agua.
Luego de almorzar seguimos viaje a Cayo Cádiz, pues Piedras del Norte era
sólo un lugar de recalada luego de la travesía nocturna. Al recoger el ancla
nos dimos cuenta que el sistema hidráulico del malacate del ancha perdía por
una conexión. Pudimos levantar el ancla pero perdimos como 20 litros de
aceite hidráulico en la maniobra.
Luego de 30 millas
de navegación a eso de las 4 de la tarde llegamos a la Bahia del Cayo Cádiz
y buscamos un lugar para anclar de no más de diez pies de profundidad por el
problema del malacate del ancla. Sin embargo, a Nestor se le ocurrió ir con
un balde al lugar de la pérdida para recoger el aceite que salía y luego
reinsertarlo en los tanques. El procedimiento que se probó a la salida de
Cádiz resultó y sólo se perdieron uno o dos litros de aceite.
Ni bien llegamos a
las cuatro de la tarde fuimos en el dinghy con Nino a ver si había
langostas. Los pescadores echa agua una plancha de hormigón de dos o tres
pisos, separadas entre sí por unos treinta centímetros y entre sus placas se
refugian las langostas. Nino pescó casi 20 por lo que volvimos con las
alforjas llenas. Entre Cayo Piedras y cayo Cádiz, habíamos ido haciendo
trolling y pescamos varios barracudas. A la noche, Svitlana hizo un
exquisito chupín de langosta y barracuda. Nos quedamos dos días en Bahia
Cádiz, pues la playa es magnífica y las aguas muy calmas.
4 de junio de
2004. Partimos para cayo Esquivel, haciendo
trolling con señuelos artificiales y pescamos un atún grande, la mitad del
cual hicimos a la parrilla , sobrando casi la mitad, de manera que la mitad
del atún alcanzaba para alimentar a 16 personas. Llegamos a Cayo Esquivel a
las 11.3o y luego de la parrillada de atún y de una corta siesta fuimos a la
playa en el dinghy. No es tan linda como la de cayo Cádiz, por lo que sólo
nos quedaremos un día. Durante la tarde Svitlana viajó en dinghy hacia un
barco de pescadores para regalarles una bolsa de provisiones y una botella
de ron. Le retribuyeron con un pargo que agregamos a nuestro stock de
pescado.
5 de junio.
Salimos a las siete de la mañana, cuando ya ha nacido el
sol, pues amanece a las 6.40. Tras sortear los bajos pusimos rumbo a Cayo
Francés en una jornada de 40 millas. Llegamos a mediodía y ya nos avistó el
cuerpo de guardia costera que nos preguntó a donde nos dirigíamos. Le
dijimos que íbamos a pasar la noche allí cerca de un barco de cemento
hundido en 1912 y que se usaba para transportar desecho de caña para
fábricas de papel en USA. La guardia no puso inconvenientes para el fondeo.
Svitlana, con su espíritu aventurero, aprovechó para subirse al barco e
inspeccionar la sala de motores. También para repartir paquetes de golosinas
a tres barcos pesqueros que a su vez le obsequiaron dos pescados: un pez
perro y un pez lorito. Pasamos la noche en Cabo Francés comiendo pescado
frito a la vieja usanza inglesa es decir rebozado con una pasta compuesta
por cerveza, harina, sal y un huevo..
6 de junio.
Me levanté a las siete de la mañana y antes de partir con rumbo al cayo de
la Media Luna, enfrente a cayo Guillermo, quise intentar arponear un pez,
pero el agua estaba algo turbia y había que bajar mucho para avistar
a los peces grandes. Sin
embargo, Nino, con mejor vista y mejores pulmones que yo, pudo arponear un
pargo. Llegamos a Cayo de la Media Luna a las 12. En el trayecto
tiramos las líneas y sacamos algunas barracudas que tiramos al agua. Se me
escapó un pez grande, que picó en un señuelo artificial llamado barracuda
killer de color rojo y que me costaba mucho traer hacia el barco, pues
se había hundido al perforar su boca el anzuelo, llevando casi 200 yardas de
sedal. En un momento que quise preparar la filmadora para la gran toma
de pesca, aflojé un poco la caña y el pez aprovechó el momento para zafarse
del anzuelo. Bien hecho pez! fuiste un buen vencedor aprovechaste los
escasos segundos de tregua que te dí para recuperar tu libertad. Y estoy
seguro que te servirá de experiencia y nunca más perseguirás tubos de
plástico colorados
No nos quedamos en el cayo de la
Media Luna para pasar la noche pues está poco protegido
del viento. Es muy estrecho y no muy arbolado con una sola construcción de
un grupo de pescadores. Ellos mismos nos dijeron que buscáramos protección
en cayo Guillermo. Así lo hicimos y ni bien anclamos nos abordó una lancha
de guardafronteras, por suerte bastante educados y una vez que les mostramos
la papelería no molestaron mucho.
7 de junio.
Por la mañana nos bañamos en Cayo Guillermo yendo en dinghy hasta la playa
con Eduardo y Mirna. Nino volvió con el dinghy al barco. Yo cometí el error
de ponerme abundante crema bronceadora en la frente y con el calor se me
desparramó sobre los ojos, provocándome un ardor inaguantable que me impedía
abrir los párpados. Casi a ciegas debí caminar al borde de un peñazco para
salir al mar más cerca del dinghy. Empecé a nadar, pero la fuerte corriente
demoraba mi marcha. En ese esfuerzo estaba cuando me vió Nino y me fué a
buscar con el dinghy. Aunque me lavé con agua dulce y me puse varias
veces colirio, el dolor me duró hasta la noche. Al mediodía nos despedimos
de cayo Guillermo y partimos rumbo al oeste para parar a pasar la noche en
algún cayo apropiado. Le tocó el turno al cayo Cobos, cerca del Cayo Francés
8 de junio.
Partimos temprano, a siete y media de la mañana, del cayo Cobos, pues nos
quedaba una travesía de casi siete horas y el autopilot había dejado una vez
más de funcionar y debíamos timonear manualmente. Decidimos ir por alta mar
a ver si pescábamos algo grande pues ya estábamos cansados de los barracudas
que picaban frecuentemente. En las siete horas de navegación tiramos todo
tipo de señuelos, pero no tuvimos suerte con los peces grandes, Llegamos a
eso de las dos de la tarde a cayo Cristo, cerca de cayo Esquivel. Svitlana
avizoró a un grupo de pescadores y se apuró a ir en el dinghy a entregarles
caramelos, chocolates y unas bolsas de papas fritas y recibió en
compensación más de 10 langostas y dos pargos grandes. Nino arponeó otras
seis langostas, por lo que llenamos nuestra provisión hasta Miami. Yo fuí a
bucear con Nino y a explorar un pequeño islote con arrecifes de coral, al
que le pusimos cayo Nielsen, en homenaje a nuestra jefe de máquinas. A la
noche hicimos sopa de cebollas
y langostas con mayonesa y conch salad con unos caracoles que nos
habían regalado otros pescadores. Luego de la opípara cena jugamos a la
canasta, Mirna y yo contra Nino y Eduardo y les ganamos dos partidas
seguidas.
9 de junio.
Tras una mañana de playa, algo complicada por la
presencia de tábanos, que nos obligaron a untarnos con crema para los bichos
salimos con rumbo a la bahía de Cadiz. Como todos los días la mañana amanece
con un mar totalmente planchado, pero luego del mediodía comienza a
levantarse un poco de viento que no supera los 15 nudos. Sin embargo, ese
viento no complica la navegación pues no tiene la fuerza suficiente para
formar olas, de manera que aún después del mediodía no debemos enfrentar
ondas de más de tres pies. Este tiempo excepcional ha determinado que Marina
no se mareara nunca y Svitlana sólo dos veces. Svitlana, en sus operaciones
de trueque, recibió una aleta de tiburón y quiso cocinarla a la moda china,
como una vez la comimos en Toronto, pero no tuvo éxito, de modo que sólo
Nino, de puro cumplido, y ella misma se animaron con la sopa.
Llegamos a eso
de las cinco a Bahia de Cadiz y anclamos en un lugar diferente al viaje de
ida para conocer una playa distinta. Nino hizo sus habituales excursiones
piscatorias y vino con unas diez langostas y algunos caracoles. Por la
noche, Nino y Eduardo tomaron su revancha en la partida de canasta y ganaron
dos partidas.
10 de junio.
Por la mañana, a las siete en punto movimos el barco para cruzarnos a la
otra costa de la bahía, donde la costa permite acercarse al barco hasta sólo
100 metros de la playa. Como en los casos anteriores tuvimos que hacerlo con
el ancla manual, ya que la hidráulica con cadena, pierde aceite y no se
puede usar hasta cambiar la pieza necesaria. Pusimos en funcionamiento ambos
dinghies para movilizarnos, ya que Nino empleaba uno para sus incursiones
subacuáticas. Al mediodía pusimos rumbo oeste hacia Varadero.
Milagrosamente, el autopilot volvió a funcionar por sí solo. A la vuelta
habrá que hacer un chequeo pues debe tener un cable flojo o un tornillo mal
apretado, para ese funcionamiento errático. Como el pique de barracudas era
permanente, lo que obligaba a detener el barco a cada momento, cambiamos el
curso para salir del área de 60 a 100 pies donde reinan los barracudas y
buscar mayor profundidad (superior a 200 pies), por si conseguíamos que
picara algo mejor. Dejamos dos cañas tiradas y unos se fueron al puente y
otros a dormir la siesta y descuidamos un poco la popa, lo suficiente para
que un pique grande terminara con el carretel de nylon del 80 pues un pez
tiró de él hasta agotarlos sin que hubiéramos advertido el pique.
Llegamos a
Varadero entrando por el paso de Agua Mala a las cinco y por radio nos
dijeron el lugar que debíamos ocupar en el muelle. Costó trabajo atracar
pues el viento y la corriente tenían más poder que los thrusters y al
intentar atracar de popa, ambas fuerzas impedían dirigir la popa hacia el
espacio destinado. Lo que hay que hacer en estos casos es poner la marcha
atrás a full, pero uno no se anima a esto, pues desde el puente no se ve la
popa y lo hace tan pausadamente que las corrientes vencen al motor y
conducen la embarcación a su antojo. Una intervención de Nino usando la
marcha atraás a full, permitió colocar el barco en posición.
Ni bien
atracamos nos abordó un equipo de guardia-fronteras, aduaneros, migraciones
y sanitarios, con un perrito para oler drogas que hicieron una búsqueda
prolija que demoró casi una hora. Nos obligaron a hervir dos docenas de
huevos que había en la heladera y nos dijeron que no podríamos usar el
dinghy ni las minimotos cuando estuviéramos en puerto. Esta intervención
burocrática, una más de las que se soportan en Cuba, nos determinó a no
dejar el barco para ir a Varadero, pues nos molestó que tuviéramos que
llamar un taxi para cruzar el canal dando la vuelta a toda la península
cuando con el dinghy hubiéramos podido hacerlo en sólo dos minutos, pues el
canal tiene menos de 80 metros a esta altura.
Dedicamos la
velada a una regia picada y al juego de canasta, donde se volvió al
resultado habitual luego del último traspié, a la victoria del capitán
magníficamente acompañado por Mirna.
11 de junio.
Es el día de la partida. Dejamos Cuba con la añoranza de despedirnos de los
buenos amigos que tenemos aquí, cuyas imágenes rememoramos en este momento.
El Indio, Eddy, Adrian, Nelson, Nino, y hasta los cocheros o taxistas
que nos transportaron y guiaron con cordialidad y aprecio. También de la
virginidad original de los cayos cubanos, todavía no contaminados por la
civilización ni convertidos en depósitos de basura de los turistas. Sin
embargo, la idea de superar el cuadro perverso de las prohibiciones y los
trámites absurdos, recuperando el ámbito de libertad individual al llegar a
la Florida, compensa en gran grado esas añoranzas. Nos aprestamos a un
trecho de jornada completa, pero con un mar apacible a las siete de la
mañana por lo menos. Debemos aguardar que pase la nueva inspección de
guardia-fronteras para poder partir, pero no abundaré sobre ello cuando se
produzca, para no menoscabar la simpatía, orgullo, vivacidad y sobriedad del
pueblo cubano.
Pese a lo que
acabo de decir recién, ahora, que a las tres de la tarde estamos camino a
Miami, después de haber pedido permiso de salida a las once de la mañana,
debo referirme a la absoluta incompetencia del capitán del puerto de la
marina Dársena, supuestamente llamado Hoyo. Recién después de dos horas de
haber pedido salida, se presentó una persona en nombre de la marina a
quien llamaré El Otario, pues era un incompetente total, para darme la
cuenta de la estadía que pagué de inmediato y me dijo que enseguida llamaba
a los guardiafronteras, migraciones y aduana. Supe después que el hombre se
fue y no avisó nada. Cuando dos horas después, con todo alistado para salir
no vino nadie me puse muy enojado y empecé a llamar por radio a la marina
cada cinco minutos. Nadie contestó. Para peor escuché un llamado por el 16,
donde Guardiafronteras decía que estaban haciendo una inspección en
Marinabella, lo que era obviamente falso pues nadie había llegado. Entonces
tomé la radio por canal 16 y dije: la marina de Varadero no contesta. sus
funcionarios deben haberse ido o están durmiendo la siesta. Guardiafronteras
dice que está haciendo una inspección en Marinabella, lo que es falso, por
lo que Marinabella hace un llamado por este medio a cualquier autoridad
responsable de la República de Cuba, a la que pide se identifique por este
medio para que se presente para darle salida, avisando que de lo
contrario dentro de media hora zarpará sin permiso y hará una formal
protesta por esta situación. A los 20 minutos llegó el equipo de inspección
y recibió una andanada de mi parte pidiendo nombre y rango del jefe del
grupo, para hacer una protesta. Los aterrorizados empleados dijeron que no
era problema de ellos sino que la marina no les había avisado. Agregué
entonces que quería nombre y apellido del director del puerto para quejarme.
Callaron, para cubrir a su superior, por los que le dije que cómo era que
seis funcionarios con facultades de verificación no sabían para quien
trabajaban. De a poco surgió la información que era un tal Hoyo. Cuando me
aplaqué un poco, me preguntaron si tenía las estampillas que debió darme el
Otario. Dije que el Otario no me había dado nada y me respondieron llenos de
verguenza que sin esas estampillas no podía salir. Me enfurecí y les dije
que era indecoroso que trataran así a los turistas. Entonces salió uno por
uno de los seis apabullados esbirros a buscar a el Otario o su jefe
Hoyo. Cuando pasó otra media hora hice otro llamado por radio diciendo que
haría salir de mi barco a la representante del operativo y partiría en 10
minutos. Entonces apareció un mayor del ejército con dos
soldados que se impusieron de la situación por la radio y que pidieron a
Eduardo disculpas por la inexplicable situación y dijeron que tomarían
medidas. A los 5 minutos apareció un empleado con las estampillas y nos
dejaron salir sin terminar siquiera la inspección de salida.
Creí que la
inspección de Varedero sería pesada, pero como colmó todos los límites,
supuse que debía narrarla, sin perjuicio de que haré una protesta al
embajador cubano en Buenos Aires, cuando llegue.
La navegación
fué excepcionalmente buena, co n olas de no más de dos pies. Cuando nos
montamos en la corriente del golfo elevamos la velocidad de 8 nudos a 10
nudos, soplando brisas de entre 10 y 14 nudos, aún en pleno eje de la
corriente. Llegamos a las 10 de la mañana a Miami
Tras la
culminación de la travesía ha llegado la hora de la calificación de los
tripulantes.