Marinabella
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El frustrado viaje a las Islas Virgenes
27 de diciembre de 2003. Hoy culmina la preparación en tierra de los nuevos tripulantes de Marinabella. Augusto Giudice ha estado muy entusiasmado con la travesía y hasta ha realizado un curso de buceo para poder estar preparado para sumergirse en caso de avería o para cortar sogas, cables y otros elementos extraños a la hélice. También ha estudiado las cartas, por lo que la preparación teórica es adecuada. Veremos los resultados a bordo. 7 de enero de 2004. Habiendo llegado a Miami el día 5 de enero, preparado para salir el día siguiente con destino a San Juan de Puerto Rico, me encontré con los imprevistos de siempre. Supuestamente andaba todo, pero el dinghy de 40 HP no arrancaba, por lo que tuve que llevarlo a remolque con el dinghy de 2 HP hasta un taller. No pudo ser arreglado en el día porque había que pedir un tornillo del carburador desde Atlanta. Ocurre que en la anterior reparación al mecánico se le había perdido un tornillo y lo reemplazó otro cualquiera que al tener movimiento afectó el funcionamiento de uno de los tres carburadores. Es una experiencia más de que no se puede llevar cualquier mecánico al muelle para un arreglo allí, pues al no tener repuestos ni herramientas trabajan mal y demoran más. Es mejor llevar el barco o el dinghy a una yard especializada. Este inconveniente nos demoró dos días la partida y estábamos muy apremiados contra el reloj, pues Svitlana llegaría el 12 a San Juan. Ese problema nos llevó a tener que salir enseguida de la reparación, con un viento de 30 nudos, que probablemente cesaria en un día o dos, pues los pronósticos eran alentadores para el resto de la semana. Este escaso margen para eventuales inconvenientes me enseña otra lección, que no por bien sabida debe dejar de recordarse. Cuando uno aborda un navío para afrontar una larga travesía, todos los problemas de agenda, deben ser descartados. La prioridad absoluta debe ser la seguridad en la navegación. Lo otro no cuenta. Si no es así, amigo navegante, deja la afición marina y aplícate a tus tareas rutinarias de oficina. La prueba de que la cola del diablo siempre aparece en algún momento entre el movimiento acompasado de las olas es que enseguida de salir al mar nos tropezamos con otro inconveniente. Frente a las primeras marejadas, en un mar donde las olas llegaban de 3 a 5 metros el piloto automático no respondía y el compás electrónico marcaba una diferencia variable entre 5 y 30 grados con la que indicaba el GPS, que gracias a Dios nunca falla. Esto ocurrió a pesar de que supuestamente el piloto había sido testeado por quien lo reparó, pero por no haber estado presente no pude comprobar que ese test hubiera sido adecuado. Entonces tuvimos que prepararnos para timonear 5 días por no poder utilizar el piloto. Esa experiencia es agotadora y puede dar cuenta de ello el subcapitán Guillermo Jáuregui que tuvo que soportar ese inconveniente durante una estoica guardia de 4 horas en pleno cruce del Atlántico. Tomamos pues la dirección NE, rumbo a un punto a 80 millas al sur de Freeport en las Bahamas para luego volver al SE a todo lo largo de las Bahamas del sur hacia San Juan. El tiempo se mantuvo constantemente en las malas condiciones de partida. Habíamos salido a las 12 de mediodía y a las dos de la mañana no habíamos llegado todavía al primer waypoint, distante a 80 millas de la partida, pese a tener a favor la corriente del Golfo, pues el viento corría en dirección contraria, llegando hasta 45 nudos, lo que hacía encrespar al mar poblándolo de olas blanquecinas por la formación de espuma al conjuro de los elementos. Augusto se mareó y quedó fuera de la partida. Tirado primero en el sofá de la sala y luego en el piso por haber sufrido algunos moretones en los golpes contra los muebles se le cayeron todas expectativas de una navegación placentera tomando algunas copas mientras el piloto automático cumplía el milagro de desplazar la nave hasta su destino. El propio Néstor tuvo algunas náuseas cuando tuvo que bajar a la sala de máquinas. El capitán no se mareó, y alternó con Néstor el pilotaje del barco. Volví a recordar las experiencias de la tormenta en Bermuda (ver cruce del Atlántico) porque se abrió la heladera y cayó todo su contenido y se abrieron abruptamente las puertas de los placares de los baños, con quebradura de sus espejos. Muchos objetos caían desde las mesas y en la sala de máquinas los bidones de aceite y cajas de herramientas bailaban al son de la tormenta. Lo único que no sufrimos esta vez fué la entrada de agua de mar en los tableros eléctricos pues la colocación de un ciclo inversor en el extractor de aire de la sala de máquinas solucionó espero que definitivamente ese problema. Cuando hay mal tiempo y se cierran todas las puertas, el motor no tiene que demandar desesperadamente grandes bocanadas de aire absorbiendo lluvia y oleaje desde los respiraderos de los baños. Al entrar aire reforzado a la sala de maquinas en lugar de expelerlo, no necesita tomarlo de otro lugar. En estas condiciones Augusto pidió hacer escala en Freeport, lo que así hicimos, arribando a Xanadu a primera hora de la mañana. Sobre un edificio en torre a la entrada de Xanadu, que marca el canal de entrada hay una pirámide, lo que hizo recordar un hecho de la partida. Había ido a la autoridad portuaria a dar salida y al cabo de tres horas de regresado a casa, recibí un llamado del funcionario que me había atendido, ofreciéndome una ceremonia de despedida con la fuerza energética de una pirámide que él lleva al muelle y hace una especie de bendición para desplazar la fuerza de la pirámide al navío. Me dijo que fundó esa compañía al margen de su función burocrática después de comprobar el efecto beneficioso de los efluvios de las pirámides sobre las embarcaciones. Le dije respetuosamente que no la necesitaba pues saldría temprano (en realidad fue al mediodía) pero no sé si fue la maldición de la pirámide, cuya visión se me presentó en Xanadu, la que me trajo tan mal tiempo desde la misma partida. Al llegar a puerto Augusto decidió volver a Miami, tomando el primer vuelo desde Freeport. Estaba tan apurado por volver que quería alquilar un taxi aéreo o un avión ambulancia antes que permanecer a bordo. El capitán lo comparó con esos animalitos que son los primeros en abandonar el barco en caso de peligro y lo degradó de aspirante a grumete a rata de sentina y le advirtió que si quería retomar la carrera marinera en Marinabella debía subir tres categorías de rata: rata de bodega, rata de cubierta y laucha de camarote antes de volver a la posición inicial de aspirante a grumete. Ante la deserción de Augusto, y como ante el desperfecto del autopilot nos esperaba una navegación complicada, sin la garantía de llegar a tiempo resolví volver a puerto y volar desde allí a Puerto Rico para encontrar a Svitlana y luego emprender un viaje menor a las Bahamas o a Cuba. Por esas cosas de Mandinga, a la vuelta a pesar de tener la corriente en contra, se calmó el tiempo y tuvimos una navegación placentera. Me rectifico, quizá no fué Mandinga sino ese viejo amo, veterano monarca, que es su eterno rival quien nos ayudó. A las seis de la mañana, en la punta de la escollera de salida había una figura muy ceremoniosa y absorta en su lectura que estaba mirando al mar, de traje y corbata. Tan luego en las Bahamas de corbata! Era un negro que leía fervorosamente la Biblia totalmente concentrado en su lectura y en el mar. Lo despertamos de su estado casi cataléptico de concentración profunda en sus invocaciones con un bocinazo del barco y nos saludó muy amablemente. Quizá en lo medular de sus reflexiones nos deseó aguas tranquilas y así ocurrió desde la partida y hasta la llegada. Más aún, luego de unos ajustes que hice a la regulación del compás se arregló el autopilot y milagrosamente pudimos volver en automático a Miami. Veremos después que eso fué pasajero. El único inconveniente lo tuvimos al llegar haciéndose la noche, donde Nestor encalló cerca de mi conocida boya 26 (ver viaje con Abel a Cuba) justo en el momento en que me gritaba "por donde voy"y tuvimos que llamar a una lancha remolque para que nos sacara 18 de enero. Al regresar de Puerto Rico y para no perder las vacaciones marinas decidí viajar a Cuba con una previa escala en Key West. Nos acompañarían en este trecho Eduardo y Susana Corach. También resolvieron hacerlo Augusto y su compañera Laura. Augusto quería superar su categoría de rata de sentina y me dijo que esperaba superar su mareo con una Dramamine y colaborar en el pilotaje. Resolví darle otra oportunidad y tratar de verificar si su arrepentimiento por la infamante conducta del desertor era auténtico y estaba dispuesto a afrontar 140 millas de navegación sin pestañear frente a las exigencias que pondría el capitán, para ponerlo a prueba nuevamente. Le advertí de que difícilmente podría llegar más allá de laucha de camarote, pero estaba dispuesto a asumir su condición ratonil, dejando las categorías humanas para otra ocasión Partimos de Miami con buen tiempo a las 12 horas desde Haulover. Conforme a lo planificado como los nuevos tripulantes temen a la navegación nocturna fondeamos a las seis de la tarde en el cayo Rodriguez que en las cartas náuticas está indicado como buen sitio de fondeo. También Néstor temía a la navegación nocturna por su encallamiento cerca de la boya 26 que mencioné antes. Yo prefería seguir la navegación nocturna, pues había leído en unos comentarios de navegantes que en el cayo Rodríguez el fondo es resbaladizo y las corrientes desplazan el ancla hacia el norte de la isla donde hay dos barcos hundidos. Puse pues la alarma de movimiento de ancla, que a las tres de la mañana comenzó a sonar. En ese momento Laura golpeó la puerta de mi camarote. Era mi segundo sueño de la noche y me costó despertarme. Se levantó también Eduardo y hubo temor sobre el riesgo de encallar en la costa norte de la isla. Sin embargo, verifiqué que la alarma era infundada. Lo que pasa era que había establecido la zona de seguridad de un radio de solo 36 metros y el simple cambio de corriente hizo desplazar el barco más de 36 metros. Volvimos a dormir luego de la emergencia y salimos a las 6 de la mañana rumbo a Key West. A las dos horas de navegación sobre aguas de 12 pies nos desplazamos más allá de los arrecifes a profundidades de 60 pies para intentar pescar algo. Un dolphin mordió la carnada y engulló el ballihoo, pero escapando al anzuelo. Lo vimos saltar y dar una vuelta en el aire, donde consiguió desenganchar de los anzuelos. Augusto creyó haber pescado un blue marlin, pero en realidad había enganchado una boya, por lo que debí cortarle la línea y con ello las posibilidades de computar puntaje en sus habilidades de pesca, para superar su condición ratonil. Luego de haber intentado el pilotaje, con grandes zig zag, saliendo de la línea del rumbo, lo hizo relativamente bien durante una hora y media, lo que me determina a ascenderlo al final del viaje a la condición de laucha de camarote. Todavía debe remar mucho para llegar al punto de partida. Respecto de los demás aspirantes a tripulantes Eduardo condujo la nave con bastante precisión durante una hora, y ayudó mucho en el orden a bordo y no se mareó, lo que lo califica para un ascenso a oficial como veremos luego. Susana ayudó mucho en las tareas a bordo, pero no piloteó y se mareó, lo que la posterga para un ascenso más importante y la lleva solo a la condición de grumete. Laura estuvo bien al alertar sobre el desplazamiento del barco durante el fondeo pero se mareó y durmió casi todo el viaje, por lo casi se equipara a Augusto manteniendo su condición de aspirante a grumete. Llegamos a Key West donde no había marinas, pues todas están ocupadas por una regata que hay en esta semana y debimos fondear frente a Galleon Marina entre dos islas al borde del canal, donde ya lo he hecho antes. Néstor coordinó bien la maniobra de fondeo y no nos movimos en toda la noche. Cuando ya dos parejas dejan el barco debo proceder como es habitual a calificar a los aspirantes a tripulante.
Como resultado de la evaluación del capitán al final del viaje a Key West la posición de los tripulantes es la siguiente. Eduardo asciende de aspirante a grumete a oficial subalterno Susana asciende de aspirante a grumete a grumete. Laura se mantiene como aspirante a grumete. Augusto asciende de rata de sentina a rata de bodega. 21 de enero. A las cinco de la tarde partimos hacia Marina Hemingway. El tiempo está bastante bueno y los vientos no superan las 15 millas por hora, velocidad que estimamos pues el ventímetro ha dejado de funcionar. Esperamos imponer una marcha lenta, no más de 6 millas para llegar a Marina Hemingway al amanecer. Seguimos sin piloto automático, de manera que habrá que pilotear toda la noche. Cada dos horas nos repartimos el timón con Néstor. El viento no es fuerte, pero si la corriente del Golfo, que a esta altura corre velozmente. A la madrugada se divisan las luces de la vieja La Habana y aprovechamos para sacar fotos del amanecer. El sol contra el Fuerte del Puerto. Llegamos a las 7, hora del amanecer y no tenemos inconveniente para el acceso a la marina, que en los días de marejada se pone difícil al punto que muchos días el puerto se cierra. Amarramos frente al muelle de migraciones y afrontamos la pesada rutina de todas las inspecciones. Este año es peor que el año anterior. La veda de alimentos se extiende no solo a los huevos, sino a la carne de vaca que es precintada y numerada en cinco paquetes que deben conservarse en la heladera hasta la partida. Migraciones no es problema, pero Aduana y Seguridad envían un equipo de sondeo de tres personas que proceden a revisar cada rincón del barco. En suma, una hora de verificaciones. Los trámites son más largos y también recíprocamente es más reducida la concurrencia de barcos a la marina. Parece que los barcos extranjeros se asustaron ante el endurecimiento de la política de Bush respecto de Cuba y ante el aumento de las medidas de control por parte de Cuba. A la tarde partimos hacia La Habana con Eddy Sanchez, que ya ha publicado su libro que relata sus experiencias de piloto en Angola en un MIG 21 y nos obsequia un ejemplar con una dedicatoria para Marina. Tiene el viejo Lada ruso de siempre, un poco más destartalado, pero lo usamos siempre pues una forma de ayudarlo sin lesionar su orgullo. Vamos primero a la vieja Habana, donde Svitlana hace su habitual recorrida en la feria de artesanos y compra una estatuilla con cuatro cabezas de negros, para agregar a su colección. Tras los habituales mojitos y una recorrida por las calles de siempre, incluyendo la Catedral y la Bodeguita del Medio, nos encontramos con Eddy que nos devuelve a la Marina. Svitlana aprovecha para reservar turno para un chequeo médico para ella y Marina, que está ya casi curada de esa persistente tos que la persiguió durante meses. En la marina, pido autorización para viajar por tres días hacia Cayo Levisa, donde hay un muelle y un pequeño complejo turístico. Opté por pedir la cooperación de un capitán cubano para que nos acompañe en el viaje, pues las cartas revelan muy poca profundidad y muchos bancos de arena y algunos arrecifes. Me presentan a Victor de la Guardia, más conocido como Nino y lo contraté a razón de 50 dólares diarios por cuatro días. 24 de enero. A las 11 de la noche, tras haber llenado toda la odiosa papelería de la burocracia náutica, y con Nino a bordo partimos hacia Cayo Levisa. Mi intención era ir también a Cayo Paraíso, pero parece que lo han usado para práctica de tiro naval y destruyeron su arboleda. Al no tener las raíces que sustentaban los arenales, el cayo se ha partido ahora en dos y ha perdido su encanto. Otra depredación de los hombres sobre la naturaleza. Como llegamos a las seis de la mañana, aprovechamos para pescar entre los arrecifes a fin de dejar pasar una horas hasta que los rayos del sol, caigan más perpendiculares, permitiendo visualizar los bancos de arena. Nino y yo nos dedicamos a la pesca mientras el resto dormía. Pescamos 3 barracudas y otro pez que no conozco. Con la comida del día seguimos la marcha para entrar en Cayo Levisa. Entramos por el paso de San Carlos, haciendo unas dos millas hacia el sur y luego emprendimos un giro a la izquierda, buscando dos palos que marcan el acceso al interior de la bahía de Levisa. Los palos no estaban marcados en las cartas, pero Nino conocía su existencia, de manera que los localizamos enseguida y giramos 90 grados para pasar entre los palos y empezar el camino entre los bajos para llegar al muelle. Hay que tener mucho cuidado alli pues hay trechos de menos de seis pies, pero el fondo es barroso y la hélice va cavando un surco en los cortos tramos de profundidad inferior a los 6 pies. Llegamos al muelle, pero no atracamos en él pues es muy bajo y precario, con las planchadas de madera medio destartaladas. Enseguida nos abordó una nave de los guardia fronteras y realizó las inspecciones de rigor, con menor papeleria que en La Habana, pues el viaje estaba planificado. Bajamos a Levisa, donde hay una docena de cabañas, sobre aguas tranquilas en una playa de unos dos kilómetros. Todos los días recambian pasajeros en el ferry. Es un lugar modesto, con un restaurante y bar además de las cabañas. Está destinado a premiar con unas cortas vacaciones a los trabajadores cubanos, de manera que no es un lugar de turismo internacional, sino local. Es uno los aciertos del socialismo: premiar el esfuerzo productivo y el espíritu solidario de los trabajadores. Pero entre tantos otros aciertos, hay muchos defectos, especialmente las limitaciones a los propios cubanos para poder desempeñar actividades individuales, viajar al interior y al exterior, que comentaré antes de dejar Cuba. 25 de enero. Fuimos a la playa, para que Marina disfrutara de sus tendencias artísticas haciendo castillos de arena e inspeccionara las claras aguas en busca de cangrejos, estrellas de mar, caracoles y pescaditos. La playa es tranquila, de arena blanquísima y aguas cristalinas. Un poco frías por la época del año, pero agradables para nadar 26 de enero. Carlos, uno de los hombres de seguridad, que estuvo dos años en Angola como artillero de tanques, me recomendó visitar un pueblo que queda entre las montañas, que es el mejor del mundo para él, pues es su propio pueblo. Me dijo que había una muralla de la prehistoria y una cavernas con un río subterráneo. Cruzamos desde Cayo Levisa a la isla grande de Cuba en ferry y allí nos esperaba un auto que nos llevó a la casa de la hermana de Carlos que iba a preparar el almuerzo. Es uno de los rebusques de los cubanos. Los paladares, donde dan comida casera y alojan a los turistas. En otros paradores ví organizaciones similares y hasta donde hay bellas jóvenes que se ofrecen a los turistas para ayudar a la familia a parar la olla. En la casa de la hermana de Carlos había dos jóvenes, una de 28 y otra de 22, una morochita de excelente cuerpo y cuya foto se publica en esta página. Lo invitaron a Néstor, que era el único soltero, a quedarse unos días en Viñales, pero el hombre -que no le teme a las iras del mar- no quiso afrontar el lance emocional que podría provocarle un nuevo infarto. El capitán tomó las señales y teléfonos de las niñas para visitarlas en su próximo viaje de pesca en mayo próximo, e incorporarlas como marineras ad hoc en el torneo, cuando se inaugure el campeonato del Marlin y cuando no lo acompañen su esposa y su hija para escapar a los riesgos climáticos. Con la experiencia del marinero raso Garcia (ver viaje a Bahamas) no quiso el capitán que una nueva negativa de un argentino a tener relaciones afectuosas con sus hermanas de tierra firme pudiera tender un manto de sospecha sobre los marinos argentinos. Hasta la vuelta jóvenes cubanas y gracias por su hospitalidad. El capitán, haciendo uso de su autoridad, elegirá a la morochita como asistente personal. Luego del almuerzo, visitamos la muralla de la prehistoria, que es una gran superficie plana en la montaña donde se ha pintado una escena de la prehistoria. Dice el cartel, que visitando la zona Fidel, sugirió la idea a las autoridades la realización del mural. Un pintor vivió un año y organizó el trabajo de muchos campesinos, que nunca habían empuñado un pincel, para que trepados en andamios durante 8 diarias durante un año pintaran el mural. Se agrega la foto del mural. Visitamos también las cavernas de Viñales recorriéndolas a pie y luego en bote por su río subterráneo. El río tiene un dos kilómetros pero solo 300 metros son navegables. Pasamos por el pueblo de La Paz, donde hay un pequeño monumento a los lugareños caídos en Angola. Svitlana aprovechó el trayecto para hacer escala en una escuela y distribuir golosinas entre los niños. Regresó con una sonrisa radiante diciendo. "Se sentían tan felices. Y yo me sentía muy feliz también". También paró el auto cuando veía algún viejito, para darle algún alimento. La satisfacción de dar al que necesita, especialmente a los niños y ancianos, en el marco de una sociedad solidaria como la cubana, es un goce que no pueden alcanzar los tributarios del capitalismo salvaje, donde solo impera el egoísmo por ser más rico, aún en el marco de una sociedad fragmentada. Regresamos al muelle donde tomamos el ferry para volver a Marinabella. Carlos nos regaló una bolsa llena de fruta y lo recompensé con algunas golosinas y un cabo de veinte metros que necesitaba para atar a su caballo. Tomó mi dirección y quedó en mandarme por correo la foto de sus hijos. Esto me ha ocurrido ya en múltiple oportunidades. El mayor orgullo de los cubanos son sus hijos y no pierden la ocasión de sacar una foto mostrándolos. Carlos mantiene al mismo tiempo la invitación respecto a las jóvenes amigas de su familia y quiso convencerlo a Néstor a que volviera a Viñales. Sin duda nos encontrará en tres meses. 27 de enero. Nos dijeron que venía un frente frío con fuertes vientos del norte, por lo que decidimos salir de Levisa un día antes de lo previsto. Partimos del fondeo a las 6.45 de la mañana, para no tener que afrontar la burocracia de los guardia fronteras. Encallamos en 4.80 pies de agua a poco de partir, pero con una movimientos de la proa con el bow thruster se hizo un pequeño canal, donde pudimos retroceder y emprender un rumbo de aguas más profundas. Al cruzar el paso de San Carlos y buscando una profundidad mayor a los 600 pies, para no encontrarnos con los consabidos barracudas, hicimos trolling con señuelos, a una velocidad de 8 a 10 nudos. Agarramos un par de barracudas, pese a la profundidad, pero un wahoo chico, hasta que frente a Bahia Honda o entre Bahia Honda y Mariel, pescamos la pieza del día y creo que el record de Marinabella: un wahoo de 40 libras. Se agrega foto. Llegamos triunfantes y despertando la envidia de todos los lugareños al izar el trofeo obtenido con la pluma del barco y mostrándolo como un estandarte de triunfo. Nino los hizo filet. Se llevó la mitad, pues era mucho para nosotros. Su esposa vino a buscarlo al barco con su niño y nos invitaron a cenar una parrillada en su casa, con la hospitalidad propia del pueblo cubano. 28 de enero. Svitlana salió a buscar su segunda pieza de artesanía cubana y nos quedamos a bordo a cepillar y limpiar la madera barnizada que requiere una nueva mano de barniz. Por la noche fuimos a Tropicana, donde Néstor mostró nuevamente que tiene fama de seductor entre las mujeres cubanas, al ser elegido para bailar por una de las bailarinas. He expresado algunos de mis motivos de admiración por la sociedad cubana. La ausencia de criminalidad, la dignidad para afrontar la pobreza, la persistencia en no ceder al poder hegemónico , la solidaridad internacionalista que llevó primero a participar en conflictos armados en el África pero ahora a mandar más de 50.000 médicos a los montes de los pueblos más desolados del mundo, el ingenio para sobrevivir sin insumos pese a 40 años de bloqueo, la ejemplaridad de la conducta de los más altos dirigentes, el alto nivel cultural donde brotan todas las expresiones del arte, el superior nivel del deporte competitivo y por sobre todo la educación y la salud así como la vivienda popular. Grandes logros de la revolución. Pero después de haber realizado ocho viajes a Cuba, subsisten los males del autoritarismo y la burocracia. La necesidad de crear empleos para todos, aún a costa de su escaso nivel retributivo y su baja calidad profesional, ha llevado a generar una burocracia fenomenal que une los males del centralismo comunista y la tradición hispánica. Se requieren autorizaciones, permisos y certificaciones para todo. Los papeles se amontonan sin sentido. También siguen vigentes las restricciones a la libertad, no de los turistas que pueden desplazarse por todos lados, sino de los propios cubanos. No pueden viajar al extranjero sino después de muchas tramitaciones que para muchos son inalcanzables. Se han creado nuevas limitaciones para el acceso a Internet. No pueden entrar a los barcos visitantes de la marina, aún siendo invitados. No pueden subir un barco para pescar o dar un paseo. No pueden trabajar en los barcos sin que la capitanía del puerto les apruebe un contrato de trabajo. Desde que hace dos años se secuestró un barco para intentar llevarlo a Miami, las restricciones han aumentado. Es de esperar que el pueblo cubano, que merece lo mejor luego de tantas décadas de soportar el bloqueo con un estoicismo ejemplar pueda aspirar a progresar rápidamente en el marco de su libertad individual. 29 de enero. El Director del Puerto me invitó a visitarlo para conversar sobre el desarrollo de las marinas. Me comprometí a volver en mayo para el torneo de pesca y mandarle información sobre construcción y gestión de marinas en el delta. Vinieron a trabajar el Indio y Adrián que están lijando la madera de regala, para poder barnizarla en Miami. Firmé dos contratos de trabajo en el Operativo Puertos, requisito sin el cual no pueden trabajar ni entrar a bordo. Svitlana fué al museo donde están los objetos rescatados en el cayo Ines de Soto. El padre de Nino, nuestro capitán cubano, tuvo a su cargo la expedición y nos contó que durante unos meses no lo hallaban hasta que por mera casualidad un buceador americano ajeno a la expedición encontró una pieza de oro. A las 7 nos buscó Nino, para invitarnos a cenar a su casa. Vive en una casa de dos plantas, donde en la parte superior se aloja su hermano. Vecino a él vive su tío, el general Patricio de la Serna, un personaje de una vida apasionante. Hijo de una familia adinerada, estaba desde 1958 estudiando artes en Miami. Simpatizante del movimiento revolucionario compraba armas y las mandaba desde Key West al Directorio revolucionario. Al triunfar la revolución dejó sus estudios y se incorporó al ejercito revolucionario como soldado. Se había casado con una joven americana con la que tenía un hijo, pero su suegro, al enterarse de que había ingresado a Cuba como socialista, no le permitió más acceso a su esposa ni a su hijo. Siguió su carrera en el ejército de Cuba durante 30 años entrando en las fuerzas de elite y fue entrenado para ello en la Academia Militar de la ex-URSS donde se entrenó también el primo de Svitlana. Participó en todos los conflictos donde Cuba envió voluntarios. En Vietnam del Norte lo condecoraron al final de la guerra. Estuvo 8 años en Angola y también en el Congo, contemporáneamente al Che, así como en Nicaragua, Guatemala, en Chile de Allende. Conoció en su tarea de contactos con guerrilleros izquierdistas a todos los principales similares argentinos entre ellos a Gorriarán Merlo, Santucho y Firmenich. Cuando se retiró del ejército con heridas y condecoraciones volvió a su afición inicial: a la pintura. Hijos de su segundo matrimonio viven en Miami y de su tercer matrimonio viven en Cuba. El asado que hizo Nino fue digno de Cabaña Las Lilas. A la cubana por supuesto. Estaba una chica argentina, casada con un chef argentino del hotel Melia, hija de Alicia Siciliano, que fue embajadora en Cuba y ligada al movimiento peronista. El día 4 de febrero nos despedimos de nuestros amigos cubanos, prometiendo volver en Junio. La navegación de 230 millas directa entre la Marina Hemigway y Miami demoró sólo 22 horas porque nos montamos en la corriente del golfo y pudimos hacer un promedio de 10 nudos. Las cinco primeras horas fueron movidas, pero por la noche el viento amainó y la travesía se hizo más soportable. Estamos ya en Miami y Marinabella descansa hasta el próximo viaje
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